29.1.13

El Camino


Don José, el cura, que era un gran santo...
Quien haya leído esta novela de Miguel Delibes recordará este leit motiv a lo largo de todo el texto, en el que el vallisoletano nos pinta la infancia del Mochuelo, un muchacho que echa la vista atrás y revive el camino recorrido hasta la noche previa a su emigración a la ciudad, a donde se traslada para estudiar.
Siempre digo que si hay algo que hace grande al maratón, y probablemente a la preparación de cualquier prueba deportiva, es el camino que lleva a ella. En el caso de la carrera por antonomasia del fondo, esto es tanto más cierto en cuanto la competición es tan puntual, efímera e irrepetible, que el valor del camino que lleva a ella se multiplica. Se trata de semanas, meses, de escuchar al cuerpo, de captar sus síntomas, modular intensidades, adaptar descansos, evaluar resultados en los entrenamientos, retocar el plan para que cuadre con nuestras pretensiones y, sobre todo, con el discurrir cotidiano de la vida.
Una vez recorridos los miles de pasos que componen este trayecto, se nos presentará el día de la carrera. No por manido, el tópico del día D es menos aplicable. Porque es el día en que el corredor se lo juega todo a una carta. A diferencia de otras pruebas más cortas, no hay vuelta atrás. Si no tenemos un buen día, no hay solución. Si sale un día de perros, no hay solución. Si calculas mal el ritmo y te vienes abajo a 10 km de la meta, no hay solución. No podemos tentar a la suerte de nuevo en un par de semanas.
Por eso, por eso, es el camino el meollo de la cuestión maratoniana. No se trata de llegar a Ítaca, o al menos no sólo. Es la Odisea la que le da valor al maratón. Atravesar el mar, tantas veces ignoto, otras muchas veces temido por conocido. Cerrar los oídos a las sirenas. Disfrutar el viaje. Crecer con cada zancada. Y es el camino la mayor de las dificultades del maratón: cuando se fija un objetivo, con sus exigencias, con toda su crudeza, son los peligros que nos acechan a lo largo de doce semanas los que más van a poner en peligro la carrera, y no el día del maratón propiamente dicho.
Cuántas veces se ha oído a un experto maratoniano cantar en la semana final que lo más difícil está ya hecho, que ya sólo queda no estropear tanto trabajo. De nuevo, es el camino el tesoro más valioso del maratón.
Y aquí estoy, en la línea de salida de este largo periplo. Con sensaciones contrapuestas. Por un lado, la impresión de partir de un muy buen estado de forma, ingrediente ideal para, con la cabeza necesaria, llegar a las mejores prestaciones posibles en Hamburgo. Pero al mismo tiempo, con algunas molestias que ni se van ni se asientan. No remiten pero tampoco me impiden correr y entrenar. Comienzan 12 semanas de incertidumbre... ¡no sabes bien hasta qué punto!

21.1.13

Tres meses

Hace tiempo que una voz me anima a retomar este rincón. En realidad son dos voces, una interna, pepitogríllica, siempre dispuesta a mover una conciencia o simplemente a darnos un pequeño empujón que nos lleve a ponernos en camino. La segunda es más material, corpórea, y mentiría si dijera que no es la que más me ha movido a retomar el blog. 

Simplemente, pues, necesitaba una ocasión propicia para ello. Y desde hace semanas me decía a mi mismo que el maratón de Hamburgo debe ser ese punto de partida para reabrir este cuaderno de historietas a la carrera. Hoy, cuando quedan exactamente tres meses para que se dé la salida a la carrera, me he decidido a ello.

Me da un poco de miedo esta preparación, estos tres meses por venir. Tengo demasiadas cuentas pendientes, demasiado empeño puesto en rubricar historias inconclusas y cerrar círculos a medio dibujar. Y no me gustaría que eso se convirtiese en una fuente de ansiedad, en un exceso de presión de un período que quiero que sea de intenso disfrute, coronado con un paseo de algo más de 42 km por esa ciudad que tanto me ha dado, y a la que sigo echando mucho de menos.

Una de esas historias inconclusas es la misma preparación de 2005, y su blog asociado. Quiero recordarlo hoy desde estas páginas. Aquel 1000contra42195.blogspot.com en el que pretendía narrar día a día cómo una preparación de unos 1000 km de duración me serviría para afrontar una carrera de 42.195 metros por primera vez en mi vida. Luego vinieron los imponderables: la mudanza, el estrés, la anemia, el regreso a Madrid y el camino abortado a menos de la mitad de recorrido. 

Un puñado de años más tarde vuelvo a fijarme el mismo objetivo que tuve en 2005, ahora algo más viejo, pero también más experto y mejor corredor. Hoy quiero arrancar de nuevo los episodios que no contarán exactamente, al pie de la letra, el día a día en este nuevo asalto al maratón hamburgués. Serán más bien una glosa a mis entrenamientos, un lugar donde amalgamar sensaciones, reflexiones, pensamientos, sombras que por supuesto me cruzarán la cabeza, y espero que también otro buen puñado de alegrías que jalonarán estos meses.

Valga esta entrada como punto de partida. Los pocos que aún quedéis al otro lado estáis invitados a seguirme por esta vía.

Hoy, para empezar, tocaba disfrutar del anochecer en una de las joyas de que podemos gozar los madrileños a diario: el parque del Retiro.

27.5.11

El castillo de naipes

Está tumbada en el sofá, adormecida y sonriente. Con gestos entre somnolientos y dulces coge la baraja de la mesa, se sienta y va tomando carta a carta. No pierde la concentración ni una sonrisa tímida, cariñosa, mientras va subiendo pisos; naipes horizontales, inclinados, en precario equilibrio, pero aparentemente estables.

Cada nueva pieza pende en el vacío en una suerte de vértigo funambulista, presa de la doble atracción del suelo y las alturas.
Cada nueva pieza es un trozo de esperanza, un pedacito de ilusión que desprenden sus manos, esas que parecen existir para sólo acariciar.
Cada nueva pieza es una promesa ilusionante, pronunciada por esos labios que ya duelen de tanto besar.
Cada nueva pieza es una amenaza al equilibrio, es el alimento de la incertidumbre y la impaciencia.
Cada nueva pieza pesa más, sus gestos pierden frescura, sus ojos revelan el cansancio.

Y el aire en el salón se hace pesado. Ella se mueve con respiración agitada, y parece buscar una salida. Entonces ve el ventanal, se acerca y lo abre. Aliviada, regresa al sofá y se tumba tratando de descansar.

Cuando se queda dormida entra una violenta ráfaga de viento por el balcón. Los naipes vuelan por los aires.

24.5.11

Pascal y sus razones

Te crees fuerte.
Te sientes equilibrado, calmado, dirías que casi frío, ajeno a los bandazos que ves que a otros sacuden. Vives el día a día sin mayor sobresalto, inmerso en la capa protectora de una razonable rutina. Un espejismo de seguridad encaramado a la atalaya, pétrea, bajo la que ves pasar la vida.

Y entonces ocurre. Se tambalean los cimientos, se resquebraja la roca y por allí se cuela ese algo que te hace temblar. No sabes cómo ha sido, pero de la noche a la mañana eres otro; donde había equilibrio se cuela el vértigo; la calma es ahora marejada; y el frío ya no sabes si es tan intenso que te quema, o es que en realidad estás ardiendo por dentro. Y las llamas son peligrosas, incontrolables y virulentas. Lo sabes, claro que lo sabes, no es el primer incendio que presencias, pero te embobas viendo el fuego, te dejas fascinar por él y, sin quererlo, te entregas.

Te creías fuerte. Pero ves que no, y en un instante de lucidez (¿lucidez?) intentas protegerte, echar mano de la razón y el cálculo, pero ves que el intento es vano. Comprendes más que nunca aquellas archiconocidas palabras de Pascal en torno al corazón y la razón... que no sabes si fueron dichas presa de la misma conmoción, pero que describen punto por punto el mareo que te ha atrapado.
El corazón no se deja atar, se escapa y abre de par en par las puertas de tu cabeza, tiende una alfombra –roja, por supuesto- a la locura, y ésta se hace fuerte dentro de ti. Locura, o pasión, o sentimiento, qué sé yo: llámalo como quieras. Pero te apremia, te insiste y te ronda; quieres alejarlo un momento pero no se deja. Te preguntas por qué; por qué no puedes, no sabes o no quieres librarte. Y dejas que esa locura crezca.
Miras hacia atrás, y ya no recuerdas cuándo fue la última vez que perdiste los papeles. Te preguntas si merece la pena, y las respuestas contradictorias se agolpan en la cabeza.

Sí, siempre merece la pena ese atropello desordenado.
No, no, siempre es mayor la esperanza que la recompensa.
¡Qué dices!
¡Lo que oyes!

Y hace tanto tiempo de aquello que no sabes cómo actuar. Te sientes torpe: tan crío en un cuerpo de adulto, bien adulto, que ves claro que haces el ridículo. Y aunque no haya razones para ser optimista, cuando los malos indicios se agolpan, entonces es cuando tu aspecto bobalicón se acentúa, cuando buscas con insistencia un mensaje, una señal, algo...
Quiero que esto que tengo dentro se vaya. O no. No lo sé. Pero es que va a dar lo mismo: no lo puedo controlar. Tendré que dejarme consumir por esta incertidumbre.

22.5.11

Frío

Otra noche abres la cama.
Te tiendes, te arropas.
Dejas la luz de la lámpara de lectura y tomas un libro que hojeas, del que lees algunas líneas ya entre sueños.
Lo vuelves a dejar junto al reloj. Apagas el interruptor.
Te das la vuelta, extiendes un brazo.
Frío.

31.5.09

La traición de las matemáticas

Se hacen llamar Ciencias Exactas. Con un orgullo que encuentro muy próximo a la pedantería. Parecen sentirse ofendidos por otras ciencias que consideran menores, contaminadas, meras aproximaciones a su alto concepto de la precisión y la abstracción más absolutas. Así, enarbolan la bandera de la Exactitud como quien echa en cara a la Física, a la Geología, a la Biología, sus devaneos con las opiniones y la subjetividad. Son saberes menores, enanos que se han de aupar a los hombros de un gigante para alcanzar, al menos, la dignidad necesaria para mirar a las Matemáticas a los ojos.

Pero no. Todo esto es una pose. Ya me parecía a mi que tanta ostentación había de ser impostada, una defensa de quien se sabe un puntito mentirosa y una pizca fraudulenta. Y es que dicen las Matemáticas que si asciendes y desciendes los mismos metros en un recorrido cualquiera, el saldo final es cero, y el resultado será el mismo que si nos hubiésemos desplazado siempre a la misma cota.
Dicen también las matemáticas - a quien ya me permito arrebatar la mayúscula - que la contribución negativa de la gravedad en un recorrido ascendente es igual a la contribución positiva de las pendientes descendentes. Eso se empeñan en cacarear las ecuaciones, engolados pregoneros de las medias verdades de estas traidoras. Pero no, a mi no me convencen, ya no. Hoy hemos estado haciendo prácticas por todo Madrid, partiendo de la calle Goya, descendiendo hasta la Cibeles, ascendiendo por la Castellana y Concha Espina -¡ay, Concha Espina!-, para terminar bajando... ¿bajando? por Príncipe de Vergara, hasta regalarnos con una última ascensión en la calle Goya para restablecer el saldo nulo de subidas y bajadas.
Y no, las contribuciones no se cancelan. Esos cuatro kilómetros de la Castellana son como la cucharilla del preso de película que poco a poco va cavando un túnel por el que huir de su encierro. Rac, rac, rac, rac, se desmenuzan las fuerzas, va cayendo el polvillo, la pared queda al borde del hundimiento... y cuando te regalan un tramo en descenso, no queda de donde extraer la fuerza, la velocidad, el empuje necesarios para que las matemáticas se queden satisfechas con el cumplimiento de su ecuación.

No puedo decir que haya quedado insatisfecho con el resultado de la carrera en términos comparativos, pero el tiempo conseguido no me dice gran cosa. ¿O sí? Pues sí, sí lo deja claro: -1 + 1 no siempre es igual a cero.

18.5.09

El pintxo más dulce

Siempre que regreso de San Sebastián, aunque sea tras una estancia de uno o dos días, lo hago con cierta nostalgia, con un puntito de morriña y con la promesa cierta de volver en cuanto me resulte posible. En esta ocasión, por si fuese poco, me cargo de una nueva razón para tenerle un cariño especial a esta ciudad.

Es el color de sus laderas, la fuerza bruta de su cielo tormentoso a veces, o raso, soleado y luminoso algunas otras. Es el carácter de su gente; la exquisitez rotunda de su gastronomía; las avenidas arboladas, casi techadas por copas seguramente centenarias; la mezcla de señorío, juventud, elegancia y alboroto que respiran sus barrios... es, en fin, todo.

Una vez más me presenté allí con la firme intención de disfrutar de la bella Easo, de pasar tres días de sosegado turismo por sus calles - y por las de Hondarribia- y, en la medida de lo posible, de hacer por fin una buena carrera en su medio maratón. Digo por fin, porque año a año, ya fuese por el clima, por mi estado de forma, o por ambas razones, nunca había quedado completamente satisfecho con los resultados. Pero esta vez sí. Y eso a pesar de que no quería confesarlo, pero llevaba casi dos semanas de sensaciones un tanto ambiguas en los entrenamientos, probablemente fruto de la llegada del calor y las temperaturas más veraniegas.

Así y todo, decidí no dejarme amilanar, y me he situado en la línea de salida con la intención de ir a por todas. Sé que cada año pasado la situación de los kilómetros era defectuosa, así que he decidido salir por sensaciones y controlar el ritmo sólo cada cinco kilómetros, aunque fuese echando un ojo de vez en cuando al crono. Esto se ha traducido en una carrera mal corrida, pero con resultados mejores de los esperados. Ya desde el principio he visto una sucesión de parciales kilométricos en torno a los 3:30... que no eran achacables a una mala colocación de los puntos kilométricos, pues no se corregían unos con otros, sino que se debían simplemente a que iba demasiado rápido.

Al principio he ido en un grupo numeroso, pero éste pronto se ha descompuesto, y ya desde el kilómetro 5 o 6 he ido acompañado de uno, dos, a lo sumo tres corredores, sin posibilidad de relevarme o de resguardarme en los tramos en que hubiese algo de viento... que ha sido escaso, dicha sea la verdad.

En soledad por las avenidas donostiarras

En soledad por las avenidas donostiarras

Al paso por el kilómetro 10, excesivamente rápido -35:15- ya estaba completamente solo, con la idea de que algo perdería, pero que el sub-1.16 era más que factible. Así, he seguido haciendo el recorrido tratando de cazar a corredores, y dejándome llevar por Raúl, quien me ha acompañado en dos tramos de la carrera. Y, efectivamente, he cedido en el ritmo, pero no en exceso. He pasado la crisis del 15-16, he enfilado la calle San Martín, donde me he vuelto a encontrar cómodo merced a la compañía inestimable y nada fraudulenta (:-)) de Raúl, y he seguido apretando los dientes en ese difícil paso por contrameta en el que no quieres sino terminar ya la carrera. He pasado el 20 en 1.11:44, y he visto que el objetivo estaba hecho, pero la marca quedaba lejos... o no tanto. He conseguido cambiar mucho más de lo esperado, he apretado el culo tanto como ha sido posible,  y con el 1,097 último más rápido de cuantas medias he corrido (3:39), he entrado en meta exultante, por primera vez gritando de satisfacción. Me he abrazado a Raúl y he sido feliz.

En Aita Mari hemos prolongado la felicidad con una comida excelente, con vistas al mar, al Igueldo y a un sol radiante. He degustado así los bocados más dulces de la temporada.

5.5.09

Ese gusano

Enero de 2008.
Cruzada la línea de meta de la media de Getafe, un corredor exhausto, pero muy feliz, encuentra un punto de reposo para tomar aire, echar la vista atrás, y felicitarse por el objetivo conseguido: una muy considerable rebaja en su marca personal en la distancia. Han sido unos buenos meses, pues ya en la primavera anterior mejoró su registro en la carrera de 10 km de Laredo; y ahora esto: en casa, un nuevo éxito. Va siendo el momento de tomarse las cosas con más calma, se dice. De aproximarse al lado lúdico del deporte, de salir a trotar por la casa de campo y por los caminos cercanos a casa, pero sin ningún objetivo en la mente. Sólo acompañando a los amigos, charlando, pasándolo bien en definitiva.
Y así fue. Desde ese momento su cabeza se reordena, prioridades no desatendidas, pero sí algo más olvidadas, cobran la importancia que no tuvieron en los meses pasados. Los miércoles dejan de estar asociados al dolor del tartán, y las carreras vuelven a ser el entorno en que coincidir con quien no ves hace tiempo, propiciando el reencuentro.
Una breve lesión jugando al fútbol contribuye a la desconexión. Definitivamente las zapatillas quedan aparcadas en el armario, al tiempo que la voz de unos botines con calas automáticas es atendida: comienza la primavera, el verano... y con ello el tiempo de la bici, ese ciclismo recreativo tan propio de sus vacaciones.

Septiembre de 2008.
El verano se acerca a su fin, con el epílogo de San Miguel como última manifestación. Los días acortan y se hacen menos propicios para la bici, con lo que las zapatillas de correr vuelven a llamar a la puerta del armario. Quieren salir. Y nuestro corredor vuelve a trotar, a coger ritmo poco a poco. No lo sabe, pero en los largos meses que estuvieron aparcadas, las zapatillas debieron de incubar el huevo de un desconocido gusano que ahora, invisible, comienza su labor.
Se suceden las semanas y los trotes devienen entrenamientos; las carreras continuas se adornan con cambios de ritmo; los miércoles vuelven a tomar el color naranja de la pista de Vicálvaro. Y, como quien no quiere la cosa, el gusano engorda y quiere comer... y come, y come, y no se sacia, y las carreras vuelven a ser competiciones. Y nuestro corredor ya no sale a correr, sino a entrenar.

Diciembre de 2008.
En el frío de Aranjuez todo parece hibernar, los campos helados y el río manso no quieren despertar en una mañana gélida. Sólo el gusano, inagotable, revienta de vida. Quiere más, quiere seguir creciendo y reclamando protagonismo. Habrá que saciarlo. Así sea: nuestro corredor sale a por todas, y se lleva bajo el brazo una nueva marca personal en los 10 km... que durará lo que quiera el gusano, claro.

Primavera de 2009.
No hay más remedio que admitir su existencia. Ha llegado para quedarse, y en tanto en cuanto le acompañe, al corredor no le queda otra que ir alimentando a su simbiótico compañero de batallas. Y es que lo que unos podrían considerar un parásito, para el corredor, atleta, o lo que sea, es un ser con quien se establece una simbiosis: el gusano le hace entrenar, sufrir y mejorar, y el corredor le devuelve una media en Getafe en otro minutito menos. El gusano le saca a la calle haga frío, nieve o llueva, que de todo hemos tenido este año en Madrid, y el corredor le obsequia con un nuevo registro personal en la Cursa de Bombers.
Y el gusano se pone pesado, no quiere salir, está tan cómodo en el cuerpo de nuestro atleta, que decide salir a darse un paseo de más de 42 km por las calles de Madrid. Y años después, Raúl vuelve a completar el recorrido de Mapoma, y eso que hace un año ya iba a dedicarse al correr por correr. Y lo hace rebajando más de 12 minutos su marca personal. Y no sabemos sin merced a la compañía del gusano, o de qué, cuando enfila la entrada por el paseo de Coches, proclama al viento: ¡He sufrido lo justo!

Bendito gusano, qué le deparará, qué nos deparará a todos los demás...

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A mi me puedo aplicar el conocido dicho: "No news, good news". Sigo acumulando buenas semanas de entrenamiento, y así me planto a menos de dos semanas del medio maratón de San Sebastián, claro objetivo de la temporada.
Las sensaciones y los entrenamientos están siendo excelentes. Ahora queda desear que el día sea bueno en lo meteorológico, y que a las piernas les apetezca correr ese día.

12.4.09

De repente, una marca

Reflexiones al hilo de una MMP inesperada

Hoy voy a cambiar un poco el registro. En las últimas entradas me he propuesto darle un aire diferente al blog. No querría decir que es un aire más literario, pues esto desde luego que suena prepotente. Pero por ahí van los tiros: tratar de contaros mis sensaciones más con la pluma que con el pulsómetro en la mano.
Sin embargo, hoy querría salirme un poco del camino al que en breve volveré, y haceros partícipes de algunas reflexiones que me he hecho después de que el domingo pasado, en Barcelona, mejorase mi registro en 10 km. Lo hago sobre todo porque esta mejora ha llegado de la manera más inesperada, cuando afrontaba una carrera sabiendo que estaba cogiendo un buen punto de forma, pero sin sospechar que estaba preparado para rebajar el tiempo que conseguí hace ya más de dos años en Aranjuez.
El primero de los pensamientos que se me viene a la cabeza es que la lesión que pasé en los meses de septiembre y octubre no es ajena a este resultado. ¿Por qué digo esto? Evidentemente, una lesión no es buena per se, pero creo que en este caso ha tenido una serie de efectos positivos. Enumero:
  • Hasta esta lesión llevaba alrededor de cuatro años sin interrupción de ningún tipo en el entrenamiento. Sólo cada verano había descansado entre tres y cuatro semanas en las que me dedicaba básicamente a hacer bicicleta y alguna otra cosa que se terciase. Es probable que mi cuerpo me estuviese pidiendo un descanso más largo. Habrá que ver ahora si este descanso ha de ser anual (es decir, un mes sin hacer nada de carrera, y poco trabajo en la bici), o algo circunstancial, pero lo cierto es que la lesión sólo desapareció cuando me sometí a sesiones de fisioterapia y descarté hacer ningún tipo de actividad física, para que la rodilla estuviese bien quietecita.
  • Este año he empezado a rodar días alternos, y sin hacer nada de entrenamientos de calidad, en noviembre. Ya en diciembre empecé a hacer cambios de ritmo y a meter algún día de series. Esto quiere decir que llevo un "retraso" de unos tres meses respecto de otras temporadas. ¿En qué se ha traducido esto? Muy fácil: en una liberación mental. He tenido que dejar pasar competiciones tradicionales. Y a otras (San Silvestre, media de Getafe, campeonato de Madrid de cross) he llegado corto de preparación, lo que me ha hecho afrontarlas sin expectativas, sin presión, sin ansiedad. Esto ha sido básico, me he planteado ir entrenando con calma y sin impaciencia, con el único objetivo de no recaer en la lesión e ir cogiendo la forma poco a poco. Así las cosas, lo que llegase sería bienvenido, pero no iba a comerme la cabeza por quedarme lejos de las marcas de otros años.
  • Ligado a lo anterior, no empecé a entrenar con una marca de 1.15 en media, o de 34' en diezmil en la cabeza, sino dejándome llevar en suave progresión hacia un buen estado de forma, sin cuantificar las metas. Con esta premisa, me puse en la línea de salida de la Cursa de Bombers sin ese tembleque que me ha asaltado, por ejemplo, otros años en Laredo, cuando tenía el clarísimo objetivo de batir mi marca.
  • Y otro efecto colateral: las carreras me gustan. Disfruto del ambiente, de los amigos, del esfuerzo agonístico... pero me tenido que renunciar a muchas. Creo que ha sido una buena noticia tener que competir menos y entrenar más.
Naturalmente, estos no han sido los únicos ingredientes del entrenamiento que he seguido hasta ahora. Ha habido otros detalles a los que he prestado atención y que creo que también han contribuido a conseguir buenos resultados. Los comparto con vosotros por si os sirven de algo estos pensamientos a vuelapluma:
  • Siguiendo con al filosofía que Vicente ha imprimido en los planes en los primeros mesociclos, he trabajado bastante los entrenamientos interválicos, haciendo cambios de ritmo de distintas duraciones (200 metros, 400 metros, a veces por tiempo), y siempre haciendo recuperaciones incompletas, no ya al trote sino incluso rodando a ritmos en torno a los 4:30 minutos por kilómetro. Mi impresión es que de este modo he conseguido crear una muy buena base, no de un ritmo de crucero elevado, pero sí unos buenos cimientos sobre los que construir el resto del entrenamiento.
  • En el momento de afrontar los entrenamientos de series, he aplicado una filosofía similar a base de hacer recuperaciones incompletas, al trote, a costa de sacrificar algo de velocidad. En este sentido, tenía presente las palabras del mismo Vicente: "en tres o cuatro semanas de buenos entrenamientos se puede afinar para una carrera". Pues bien, eso pretendía hacer, trabajar mucho la base y sólo afinar de verdad el estado de forma con unas pocas semanas en las que trabajase ritmos altos inmediatamente antes de las carreras objetivo.
  • El año pasado creo que forcé un poco la máquina en las series de lunes y miércoles en Vicálvaro. Los sábados estaba fundido como para hacer ritmos controlados a velocidades altas, y me da la sensación de que ese ladrillo faltaba claramente en el edificio del entrenamiento. ¿Solución? No dejarme la vida en las series, sino entrenar con un poquito más de contención, y descansar los viernes, de modo que el controlado de los sábados pudiese ser un entrenamiento de verdadera calidad. Y así ha sido: el año pasado hice mi controlado más rápido a 3:39, en el bosque, y fueron sólo 6 km. Este año he hecho varios controlados de 12 km en el mismo entorno, siempre rondando los 3:40 minutos por kilómetro. Y creo que estos controlados han dado consistencia al ritmo de crucero.
  • Asimismo, los rodajes de los domingos han sido más rápidos, o al menos he incluido casi siempre un tramo de entre 8 y 12 km al final del rodaje en los que he corrido más vivo. Esto sólo me lo he podido permitir asumiendo que el lunes iba a bajar el ritmo en las series cortas, en caso de haberlas. Como digo, así lo he hecho siempre que no haya tocado afinar en el entrenamiento del lunes.
  • Finalmente, y esto no es un cambio real respecto de la temporada pasada, sino simplemente una manera de hacer las cosas, hay que señalar que este año me he perdido casi toda el circuito universitario de campo a través. La compensación ha sido tratar de hacer la mayoría de entrenamientos de cambios de ritmo, y controlados, en la casa de campo, de modo que combinase en el mismo entrenamiento el objetivo puramente cardiovascular y la potenciación de la fuerza.
Estas son mis reflexiones. Obviamente, estoy a tiempo de hacer una carrera lamentable en la media de San Sebastián y echar por tierra estas conclusiones. Pero es lo que puedo deducir con la temporada mediada, y creo que al menos algo de verdad habrá en estas líneas un tanto "adoquíneas" que a lo mejor has conseguido leer hasta el final (¡ole tus narices!).
No te preocupes, la próxima entrada será diferente, volveremos por los fueros pseudoliterarios en los que se ha movido el blog en las últimas semanas.

7.4.09

La muy soportable levedad del ser

Del ser o estar en forma, claro está.
En el mes de enero, en plena vorágine de estudios y de trabajo, pensaba un día sí y otro también reencontrarme con este rincón y dar noticias de mis quehaceres, ya atléticos, ya de otra índole cualquiera. Incluso a lo largo de una semana tuve claro el título de la siguiente entrada. Sería "La insoportable gravedad del ser". Hoy le hago, en cierto modo, un homenaje a esa página que sólo existió en mi cabeza, y que iba a ser un folio amargo, quizá demasiado autocomplaciente, reflejo de un estado de forma perdido, de unas sensaciones olvidadas y una ligereza que me era ajena.
Unos dos meses y medio después, esas sensaciones son muy diferentes. El lastre ha caído y ha arrastrado al titular que quedó sin uso. Con un poco de maquillaje, unas palabras más por acá, y una metamorfosis por allá, el título renace para encabezar unas líneas bien distintas. ¡Hasta qué punto se sienten otros los pies, los tobillos, los brazos...! Notas cómo, con el paso de las semanas, la pesadez es sustituida por la ligereza; la torpeza se torna un trote liviano; el corazón bombea aliviado una máquina en su puntito justo de engrase.
Es esto lo que he ido viviendo en los últimos tiempos, lo que me permitió saltar de Roma a Lisboa pleno de confianza. Y lo que, afianzado a orillas del Atlántico, enlazó un litoral con otro hasta alcanzar Barcelona con un arranque de optimismo que no sospechaba hace un par de meses.
Como si de un homenaje a los viajes colombinos se tratara, he venido a reencontrarme con mi íntima satisfacción en estos dos centros de navegación que son Lisboa y Barcelona. Hasta aquí llega la nao de esta primera mitad de la temporada, aquí viene el almirante genovés a ofrendar los frutos de su aventura. Y es cuestión de disfrutar el momento y sentirse recompensado por esta inesperada marca personal en los 10 km en ruta. Pero, al mismo tiempo, cabe confiar en que hoy, como entonces, el viaje y la conquista no se detengan. Hoy he arriado la mayor, pero asoma ya una enorme tela tejida con un hilo tan fuerte por el optimismo que parece soga, tela lista para subir por el mástil y dejarse soplar rumbo a nuevos objetivos de aquí a final de temporada.

29.3.09

Tierra y mar, mar y océano

Dos ciudades atemporales. Dos pasados gloriosos. Dos centros de poder que extendieron su abrazo colosal por tierras lejanas, a veces ignotas. Dos formas de talasocracia; el Imperio que se recrea y broncea a orillas de su piscina privada, su mare clausum, el Mare Nostrum. Y una metrópoli de navegantes que buscan los confines de la Tierra más allá del horizonte, al otro lado de los océanos, en costas americanas, africanas, orientales.
Dos viejas señoras tubadas en su diván rocoso, ondulado, surcado por valles y colinas; su piel ajada, de adoquines cuarteados, pero aún adornada con joyas innumerables de brillo todavía duradero: el arte no se puede extinguir. Damas que dejaron atrás la flor de su existencia, pero siguen alimentadas por el torrente continuo, vigoroso, que recorre sus callejas, plazas y paseos, como el flujo sanguíneo que oxigena unos miembros conectados por viejísimas venas y arterias por las a pesar de todo corre la vida a borbotones.
Roma y Lisboa. Mediterránea y atlántica. Diferentes y, sin embargo, hermanas. En el último mes he tenido la fortuna de visitar a estas dos vigías de la Historia. Roma era terreno ya hollado, pero una nueva visita confirma que no hay horas en el día, ni días en la semana, para respirar un aliento tan intenso como el que exhala la Ciudad Eterna. Pero también egoísta. Cada vez que subes al avión de regreso de Roma, tienes la sensación de estar en deuda con ella, de necesitar otra estancia, o muchas más, para de verdad llegar a vivirla y a comprenderla. Con este compromiso salí de allí, y siempre quedará en mi columna del "debe" la necesidad de volver para patear sus calles.

Y unas semanas más tarde, Lisboa. Repito: tan diferente por historia, carácter, morfología... pero hermana. También aquí late la Historia. También aquí se cobra la ciudad un extenuante tributo a base de cuestas, costarrones, subidas, bajadas, adoquines, escalones... a quien desea empaparse de su alma caminando por tantos rincones, a veces abiertos, a veces ocultos, a veces sólo reservados. Pero coronando una colina, alcanzando la valla de un mirador, nos espera la recompensa en forma de un nuevo punto de vista. Un nuevo ángulo que nos regala una imagen siempre bañada en esa luz, esa Luz, inimitable de Lisboa. Pasada la hora de la sobremesa, cuando el Sol poco a poco se acerca al horizonte, el Atlántico, las callejas, las fachadas de múltiples colores, y el aire que seguramente tendrá un nosequé especial, se aúnan para crear una atmósfera que ni pinceles, ni cámaras, ni por supuesto palabras, son capaces de atrapar.
Habrá que volver una vez más.


24.3.09

Descargado

Hace ya más de dos meses que bajé a por el pan. Pasó a estar revenido, luego duro, finalmente lo rallé y guardé, y hoy me he acordado de él, con lo que voy a escribir una entrada rebozada, de esas que valen para un roto y un descosido, para segundo plato o cena improvisada. O sea, que voy a contar un poco de todo, me parece.
La interrupción llegó cuando, a finales del mes de Enero, tocó centrar esfuerzos en la preparación del examen de la Uned y, simultáneamente, me vi inmerso en un apretón de trabajo que me obligó a olvidar este rincón que tantas veces he prometido no desatender. Y en los últimos meses había tratado de dejar un poco de lado la mera y fría descripción de entrenamientos para darle un aire diferente a la bitácora. ¿Resultado? Que para seguir en esa línea me veía obligado a dedicarle más tiempo, y no encontraba el momento de actualizar estas andanzas.
Pero, recurriendo al muy manido dicho, todo lo que sube baja, y llegó el momento de la descarga. Han sido dos meses de entrenamiento abundante y fructuoso, de piernas paulatinamente más cansadas por la carga de trabajo asociada, y convenientemente descargadas (¡aleluya!) por una visita al fisio sin que mediase lesión. Hay veces que la razón se impone y me lleva a hacer cosas con la cabeza... aunque sea muy de vez en cuando.
Llegó también la descarga universitaria: el examen pasó, y yo pasé el examen. Queda el regusto de satisfacción y las ganas reforzadas de seguir usando (no perdiendo) unas horas cada semana frente a los libros. Y como regalo, un poco más de tiempo cada día, alejado de la vorágine que siempre acompaña a las semanas previas al examen; por mucho que creas llegar bien preparado, siempre hay una horita más que dedicar a los libros y apuntes. Pues bien, eso se ha terminado por lo menos en los dos próximos meses.
Pasó un viaje delicioso a Roma, donde liberé tantas ganas acumuladas a lo largo de los años de regresar a la ciudad eterna. Eterna de verdad, por historia, por rincones interesantes, por su alma de ciudad vieja, joven, atemporal... eso, eterna. También en este caso me traje un regalo en el esportón: un dolor infinito de piernas forjado a base de entrenamientos y pateos desaforados por adoquines, cuestas, vías romanas, catacumbas y escalones variados... y de nuevo la descarga llegó. En este caso con una reducción en los entrenamientos que me permitió ir degustando velocidades olvidadas, ritmos que me parecían perdidos, y sensaciones de ligereza que aparentemente me estaban vetadas desde meses atrás.
Y como en esas historias de tramas paralelas en las que todo termina convergiendo hacia el final, Lisboa estaba al otro extremo del túnel, centrando atención e ilusiones a partes iguales.
De nuevo una ciudad llena de luz, de vida, de arte y rincones. De nuevo una cita con la historia y el arte. De nuevo una capital que vivió tiempos mejores y se resiste a dejar de lado su grandeza, aunque quede un poco empañada por el paso del tiempo. Y de nuevo una macedonia de cuestas, adoquines y paseos que parecían contrariar toda posibilidad de descarga previa a la media que correría allí.
Sin embargo, todo salió bien. Y el domingo por la mañana me reencontré con las buenas sensaciones en el medio maratón, más de dos años después. Lejos del rendimiento de Granollers, pero casi igual de satisfecho, por fin pude descargar mis inquietudes y ver que soy capaz de competir en esa distancia por debajo de los 3:40 de media. Así las cosas, cuando enfilé la recta de llegada era poco más que un espectro, cansado, agotado, completamente exhausto por el esfuerzo, pero aún impulsado por un rendimiento decente para mi nivel, por la necesidad compulsiva de demostrarme a mi mismo que estoy en el buen camino.
Ojalá sea así, y lo confirme en los meses por venir.

18.1.09

Bajar a por el pan

Mañana de sábado. El sol no termina de arrancarse, y el frío sigue apoderándose del Madrid invernal. Nubes bajas, niebla en algunos barrios, humedad y temperaturas bajas para que la sensación sea casi gélida.
Podrías bajar a por el pan con el primer chándal que encuentres colgado, doblado, o tirado en la silla de la habitación, pero ya que estamos en fin de semana, no es plan de salir así de desaliñado. Así que abres el armario y buscas no las mejores galas, pero al menos algo un poquito resultón.
Bien aderezada la vestimenta, no has hecho sino franquear la puerta del ascensor y te encuentras con el vecino. Qué mañana más fría. Es verdad, parece que el sol está tímido. Pero bueno, saldremos a la calle, que un ratito al fresco no viene mal. La familia, ¿qué tal? Bien, gracias, luego iremos a visitarlos. Pasad buen fin de semana. Igualmente.
En la calle, decenas de rostros conocidos te saludan, lo que te indica que hoy no has madrugado precisamente, y que has salido a la calle cuando el día ha florecido... si no fuese por esas nubes persistentes, claro. En el quiosco, comprando el periódico, te encuentras con aquel antiguo compañero al que hacía al menos un año que no veías. Qué coincidencia. Parece que hoy se ha puesto de acuerdo el barrio para salir a la calle a comprar el pan, a coger el periódico, a pasear al perro, al mismo tiempo.
Alguno, como el hijo de la panadera, ya vuelve montado en la bici de su salida sabatina, con el rostro cansado pero satisfecho. Restos de sudor que se encajan por las arrugas de un rostro curtido por cientos de horas de sol veraniego, el mismo que ahora sus piernas protegidas por mallas, su cuerpo cubierto por una chaqueta cortavientos, echan de menos con añoranza. Al verle, recuerdas que tú tienes los deberes por hacer. Es una mezcla de envidia, porque él ya ha cumplido con la tarea, y de felicidad al saber que aún te aguarda el disfrute a la vuelta de la esquina. Aunque esas nubes te inviten a coger la barra que te están despachando, y meterte en la casa a leer el periódico al calor de un café caliente, con la banda sonora de un buen disco sonando en el equipo de música.

Ayer la Casa de Campo era como el barrio. Entrenar por sus caminos, como salir a comprar el pan. Decenas de conocidos haciendo sus tareas. Algunos sobre dos ruedas, otros caminando, algunos aferrados a las máquinas de un gimnasio, y un buen montón de ellos zancada a zancada cumpliendo con los entrenamientos -programados o no- en su temporada atlética. Antes de arrancar, en el polideportivo Cagigal, ya anduvimos de charla con algunos de ellos. En el bosque, durante el entrenamiento, nos espolearon los ánimos de más compañeros. Al terminar el fartlek, cuatro incondicionales de esas sendas compartían impresiones con nostros. Y al terminar junto a la pasarela, más conversación distendida, ahora sí con la satisfacción de haber cumplido con las tareas previstas.

Y, en ese momento, fuimos a estirar evitando las sombras, porque al final el sol se decidió a salir.

13.1.09

Crunch, crunch, crunch

Día de vacaciones. Me levanto en un día amanecido hace ya más de una hora. Abro la ventana sin descorrer la cortina de la habitación, y marcho a la cocina a poner la cafetera en el fuego. Mecánicamente había encendido la radio, y su conversación pasa casi imperceptible de un oído a otro, como si fuese más un ruido de fondo que otra cosa. Mientras colmo el filtro del café, palabras sueltas se empeñan en quedarse pululando por aire, salidas de los altavoces de mi aparatillo de FM: Madrid, centro, nieve...
Con la energía de un niño pequeño, con ese miedo sordo a que no sea cierto lo que sospechas o deseas, abro la terraza y saludo con una sonrisa que no me cabe entre los carrillos a un montón de copos que revolotean frente a las ventanas. Miro hacia abajo y veo que poco a poco la nieve cuaja. Hace frío, así que estiro la mañana en casa consultando el ordenador, estudiando, escuchando música o siguiendo las noticias del caos que la nieve provoca en Madrid. Pero no puedo haber elegido mejor día para tomármelo libre. Recién pasado el mediodía, me calzo las zapatillas, me visto la ropa de faena y me dispongo a trotar en la nieve, algo que no había disfrutado más que una vez en mi vida.
Un tramo urbano, entre calles, asfalto y edificios, todos ellos disfrazados de blanco, casi ocultos a la vista por la exuberancia insultante de la nieve. Poco a poco salgo de las callejuelas del barrio y me adentro en el Parque Paraíso, que hoy merece más que nunca ese nombre. Cuesta encontrar los caminos, lo que me hace ver la torpeza que me es connatural, lo fácil que me pierdo en cuanto me quitan un par de referencias. Aun así, voy encontrando las sendas y ruedo, ruedo, ruedo. Crunch, crunch, suena la nieve virgen bajo cada pisada. Un mal paso, un agujero escondido, un amago de caída, y vuelta al camino. Crunch, crunch, crunch. No existen más sonidos. La nieve es como ese material que amortigua los ruidos y se come los ecos. Crunch, crunch, crunch. Hay poca gente en la calle, pero todos sonríen, juegan, corretean y se lanzan bolas de nieve con la mitad de años que aparentan. Crunch, crunch, crunch. Apenas se dejan oír los coches, detenidos, asustados, atascados, borrados por la blancura insultante que viste el parque. Crunch, crunch, crunch. Subo por las cuestas, que hoy se agarran más que nunca, me cruzo con quienes esperan pacientemente al autobús, perdidos y desorientados entre tanto hielo. Y la nieve no deja de caer, de formar una nueva capa sobre el suelo, que espera ser hollada y responder crunch, crunch, crunch. Se suben copos en marcha, que decoran la camiseta, las mallas, e imagino que la gorra. Desde esta atalaya reposan y miran en derredor, admirando su obra, el lienzo casi monocromo que revienta de hermosura a nuestros ojos. Me alejo del parque, el crunch deja paso al chof, nieve derretida por los viandantes y la sal. Termino de rodar fatigado por las especiales condiciones de tracción en la nieve, pero satisfecho, feliz, infantil.

Me levanto, miro por la ventana, y sigo viendo coches, calles, aceras y tejados nevados. Otro regalo para el final de las vacaciones. Cambiaremos el escenario: tomo el metro y voy a la Casa de Campo, donde me abrigo bien y comienzo a subir hacia el bosque por el camino del Santo. ¿Cuántas veces hemos ponderado lo bonita que esta subida en casi cualquier época del año? ¡Qué poco sabíamos! ¡Qué poco imaginábamos hasta dónde puede alcanzar la belleza de este tramo! Los pasos se alejan metro a metro del carácter casi urbanita del Lago y los chiringuitos. Pisamos algo de asfalto, ya caminos, pronto restos de hielo, y finalmente nieve, nieve virgen, nieve en que se entierran los pies y que se traga, de nuevo, todos los sonidos. Me envuelve el silencio absoluto, casi contemplativo. Se encaja la senda entre los árboles y sólo de cuando en cuando veo una bici, otro corredor, o una familia jugando con la nieve. Pero de continuo voy encerrado en mi mismo, escuchando el diálogo entre las suelas y la nieve. Crunch, crunch, crunch. Entre la espesura de los árboles, hay calvas verdes bajo sus copas, de un verdor casi excesivo entre la monocromía reinante. Me aproximo al arroyo, crunch, crunch, crunch. Poco a poco el crunch se mezcla, e incluso queda cubierto, por el fluir del agua del deshielo. Continúo, el cielo se aclara, y de repente, mientras sigo pisando nieve casi inmaculada, crunch, crunch, crunch, el sol se aventura entre los árboles, lanza sus rayos como si de cañones en un escenario se tratase, e ilumina puntos de nieve en el suelo. Ésta parece enorgullecerse primero, ruborizarse después. Yo dejo que me toque el sol la cara, tomo el camino de vuelta y bajo, crunch, crunch, crunch, para terminar un arranque ideal para el fin de semana.

31.12.08

Nervios

¿Qué tiene esta carrera? ¿Qué hace que ni tan siquiera este año, que no puedo plantearme hacer un buen crono, me libro de los nervios? Haciendo uso de una expresión manida donde las haya, soy un manojo de los mismos, o sea de nervios. Ya esta noche la he pasado en un duermevela continuo desde eso de las siete. Vigilia mezclada con largas cabezadas que venían aderezadas por extraños sueños.
Lo más raro ha sido verme en Zaragoza en medio de un diluvio a punto de empezar a correr un maratón. Esto parece una mezcolanza de bestias negras y malos pensamientos que se concentran en la cabeza como fruto de esa situación de nervios de la que hablo. Por un lado, me he ubicado en Zaragoza, donde viví mi peor momento como lesionado. Por otro, nos ha acompañado una lluvia a la que estamos temiendo desde hace unos días, y que nos hace mirar el pronóstico meteorológico hora sí, hora también. Por último, la agonía del diezmil se ha transformado por unos instantes en el largo desgaste del maratón, como esa meta lejana que se presenta al final del año que estamos a punto de comenzar.

Me he despertado y todo ha vuelto a su sitio, como suele ser habitual en estas ocasiones. Pero no se me ha quitado de encima la sensación de desasosiego e intranquilidad. No lo ha logrado el paseo matutino por el barrio. No lo ha logrado el plato de lentejas que fruto de la tradición en el Año Viejo he tomado para comer. Tampoco la infusión que pretendía preceder una siesta inexistente. Así que nada mejor que prepararme para saludar a los que van a correr la popular y, de ese modo, tratar de salir un poco de dentro de mi, que es donde siempre me recluyo en los mediodías y las tardes de San Silvestre desde que me dedico a despedir el año corriendo.

En cualquier caso, es el mejor momento para celebrar que tal día como hoy, hace cinco años, corrí mi primera carrera popular. Fue en la SSV Popular de 2003, que terminé en un tiempo de 44:15, aproximadamente. Aún recuerdo que al día siguiente salí a trotar y me preguntaba: "¿Cuánto tiempo me durará la tontería ésta de correr?" Pues nada, en el 2004 conseguí hacerme con un puesto en la Internacional, donde volví a bajar de 38' por los pelos. En el 2005 anduve por los 36:30 que había hecho en Canillejas y Aranjuez. Ya en 2006 hice mi mejor tiempo en la SSV, en este caso un 34:45. Y el año pasado, 34:58 por mi crono.

Esta vez volveremos a ver un 36 o 37 en el crono, con toda seguridad. Pero lo importante es, un año más, poder estar allí, salir sin lesiones, y haber sentido estos maravillosos nervios durante todo el día.

18.12.08

Rojo

Ayer fue un día rojo. Rojo por la mañana camino de la reunión que me tuvo ocupado en Tres Cantos. Circulaba por la M-607 en torno a las 8:30. En ese momento el sol empezaba a asomar la gaita por la tronera del este, más bien sureste en estas proximidades del solsticio, y antes incluso de dejarse ver desparramaba su luz hacia las montañas que cierran Madrid por el noroeste. Allí, fruto de las nieves del fin de semana, un lienzo blanco parecía querer ser una enorme pantalla que reflejase el cañón lumínico del astro rey. Fruto de este encuentro, un tono rojizo cubría el horizonte ondulado y nos regalaba una imagen que invitaba a soltar la moto y sentarse en el suelo a disfrutar del espectáculo. ¡Qué cosa más bonita, disfrutar del amanecer rebotando en las laderas nevadas de la sierra! Me imagino ahora a los habitantes de la caverna de Platón, que no veían la Verdad al disfrutar sólo de las sombras proyectadas en las paredes de la cueva, en lugar de mirar directamente a la fuente de luz. Pero ayer me satisfizo ser un ignorante y no mirar al sol de cara, sino dejarme llevar por su ¿engañoso? reflejo en las paredes de mi caverna. Qué placer, a veces, renunciar a la luz.

Rojo por la tarde - noche. El rojo de miles y miles de pilotos traseros de coches inundando las carreteras de Madrid y alrededores. Salimos a las seis de Tres Cantos, y ya entonces aquello era una procesión interminable de luminarias que se extendían entre Tres Cantos y la M-40. Luces rojas tenues, intensas, ámbar intermitente, rojo fugaz por una frenada inesperada, y yo tratando de avanzar entre la marea, siempre atento a un cambio de carril inesperado que pueda llevarme al suelo. Y veo eso y se me hace impensable que tanta gente renuncie a usar el transporte público o a usar medios alternativos (léase la moto, léase compartir coche) con tal de evitarse perder tres horas todos los días y, lo que es más importante, con tal de ahorrarse el cabreo monumental con que deben de saludar en la empresa a sus compañeros, y que se deben de llevar como regalo vespertino a sus hogares. Por más que le doy vueltas soy incapaz de encontrarle una explicación. ¿Es eso vida? Me decía hoy Sergio, con razón, que eso es suficiente argumento para cambiar de casa o de trabajo, si lo del medio de transporte no tiene solución. Tampoco viene mal de vez en cuando meterse en estos ríos de lava roja destellante para así darme cuenta de la suerte que tengo de tardar 25 minutos en llegar al trabajo y, encima, sin coste.

Rojo para terminar el día en Vicálvaro: el rojo anaranjado del tartán que echaba de menos y que ya llevo probando dos semanas consecutivas. Aún en proceso de regreso a los entrenamientos, estoy adaptándome poco a poco a lo que me parece razonable y creo que me puede venir bien. Ayer Alberto y Mario tenían un 3000 - 2000 - 1000 a ritmos que aún no puedo manejar, mientras que Luis iba a afrontar un 3 x 1000 al que me podía unir sin problemas. Así, combinando tramos con unos y otro, hice cinco miles sin mucha recuperación, siendo ésta siempre al trote, a ritmos nada estratosféricos pero que me dejan contento porque además tuve buenas sensaciones. Unas cuantas vueltas a la pista y mucha conversación distendida con los compañeros de entrenamiento para terminar un día largo, variado y al mismo tiempo satisfactorio.

14.12.08

Fin de semana de cross

Parece que se han confabulado los hados para brindarnos un fin de
semana de campo a través por todo lo alto. Además, han sido generosos y
no se han limitado a actuar en casa, sino que lo han hecho también,
como correspondía, a unos 2000 km de distancia de Madrid, en Bruselas.


Allí se celebraba la cita anual del campo a través con el Campeonato de
Europa
en sus diferentes categorías. En esta ocasión, y de momento,
hemos podido seguirlo por TVE, algo que de entrada no teníamos
demasiado claro. Ya hace tiempo que el presupuesto y la atención que
destina la televisión pública al atletismo en general, y al cross en
particular, vienen decayendo. Así, cada vez es más complicado seguir
pruebas emblemáticas del calendario nacional; los narradores no
encuentran comentaristas adecuados para apoyar las retransmisiones; y
el tiempo dedicado a éstas es casi siempre limitado, rozando a veces lo
deficiente al cortar las carreras en el momento en que el tercer o
cuarto corredor ya ha llegado a la meta. Pero es lo que toca, es la
combinación de dos factores: por una parte, creo que la afición al
atletismo no está extendida entre los televidentes, y nos toca aceptar
que la programación se centre en otros deportes con más tirón. Por otro
lado, tengo la impresión de que la labor del equipo técnico tiene mucho
que mejorar, y su poca capacidad para transmitir emoción, para mejorar
las retransmisiones y enganchar a más aficionados, realimenta el
primero de los factores de los que hablo.

Sea como sea, vamos al grano, que me voy liando. Por las circunstancias
que aclararé unas líneas más abajo, sólo he seguido las carreras de las
categorías senior, donde tanto las chicas como los chicos de España han
tenido papeles destacados.

Con el archiconocido Atomium como telón de fondo, Rosa Morató no ha
podido renovar el podio alcanzado en la edición de Toro en 2007. Sin
embargo, creo que debemos valorar de manera muy positiva su rendimiento
en una carrera en la que en gran parte del recorrido se ha encontrado
sola y luchando entre dos aguas. Así las cosas, ha logrado la quinta
plaza por detrás de la holandesa Hilda Kibet, el dúo portugués de
Jessica Augusto e Ines Monteiro -admirable el mimo con que se trata en
Portugal a la preciosa especialidad del campo a través-, y la irlandesa
Mary Cullen. No han ido tan bien las cosas en la clasificación
colectiva, en la que España ha quedado en séptimo lugar.

En el apartado masculino, podemos decir que se ha cumplido una
tradición que va camino de hacerse con el manido calificativo de
ancestral. De nuevo, el ucraniano Lebid se ha hecho con el triunfo en
una preciosa carrera en la que ha batallado codo con codo con Mo Farah,
medalla de plata, Mustafa Mohamed, bronce, y Alemayehu Bezabeh, el
etíope recientemente nacionalizado español, quien ha luchado hasta la
última vuelta con el grupo de cabeza, pero que al final ha sufrido un
pinchazo importante, acabando en séptimo lugar. Sin embargo, los
resultados del resto de seleccionados han servido para que España
volviese a hacerse con el oro por selecciones: Ayad Lamdassem (4º),
Sergio Sánchez (13º) y Javi Guerra (15º) también han puntuado,
alzándose con el triunfo frente a la oposición de Francia y Gran
Bretaña - Irlanda del Norte.


Pero, como digo, también en Madrid hemos tenido un fin de semana de
marcado carácter atlético y crossístico. Vamos a hablar del 'correl',
que luego me echan la bronca. Desde el viernes hemos tenido un bajón de
temperaturas y una borrasca amenazando nieve sobre la capital, que en
el caso del extrarradio se ha materializado en una imponente nevada en
el transcurso del cross universitario de la UAM. No participé, pero me
aseguran que a poco de comenzar el evento se desató la ira metorológica
y empezó a cubrirse todo de blanco, con lo que imagino que las escenas
debieron de ser realmente atractivas y cercanas a lo épico. Yo, sin
embargo, me decanté por algo mucho más prosaico, e hice un rodaje de
una hora por Arcentales al que adjunté una sesión de gimnasio siguiendo
los consejos de Vicente. Resultado: las piernas picaban de lo lindo y
hoy me he levantado con la sensación de tener un par de sacos de
legumbre en cada pata.


Y hoy he cumplido con un objetivo que siempre se me ha escapado:
correr el cross de la Dehesa de la Villa que organiza la A.D.C. de los
Poetas
. La coincidencia con Aranjuez solía ser la razón para no poder
participar en este evento, y la verdad es que hay que reconocer que es
una lástima no haber podido debutar antes. Un día magnífico, soleado,
pero frío y ventoso, ha sido el cuadro en que se ha enmarcado una
carrera marcada por los constantes cambios de pendiente, dirección, y
por los restos de nieve que quedaban en el suelo tras la noche pasada.
No había demasiado barro, pero aun así he optado por usar los clavos, y
creo que han venido bien. Mi idea era salir con tiento, pero el poco
tiempo de entrenamiento llevo encima se traduce en que la primera de
las tres vueltas de 2 km que habíamos de recorrer se ha hecho muy
llevadera, y me hacía pensar que podría mantener el ritmo e incluso
incrementarlo. Sin embargo, no ha sido así, con el transcurso de la
carrera he acusado la falta de volumen por ahora, y tenido que ceder un
poco. Al final, un muy buen entrenamiento en un entorno inmejorable, en
una carrera que creo que debería frecuentar más.


Ah. Y todo, gratis, y con una organización excelente. Supongo que
unos kilómetros de allí, en la Casa de Campo, 2500 atletas se estarían
pegando por conseguir un buen lugar en la salida del Trofeo Akiles.

8.12.08

Otoño en la Casa de Campo

Hace unos diez días tuvimos una de esas transiciones bruscas al invierno que tanto caracterizan el clima mesetario de Madrid. Los termómetros cayeron bajo la línea que según el chascarrillo popular separa el frío del calor (ya sabemos: 0º, ni frío ni calor), llegaron las heladas, un viento gélido, y la sensación de que hacía años que el tiempo no nos golpeaba con esa furia. Afortunadamente, los datos están ahí para consultarlos cuando queramos, y resulta que el año pasado tuvimos temperaturas más frías en Noviembre que en este mes pasado.

Sea como sea, el tiempo se vistió de invernal de la cabeza a los pies; preparaba sus mejores galas para recibir la iluminación navideña, e incluso nos hizo soñar con la posibilidad de un manto blanco que saludase al mes de Diciembre a porta gayola. Pero no, al final el calendario ha impuesto su lógica. Esto, que no siempre es así, nos ha llevado a volver al otoño en el transcurso de esta semana, y especialmente en este falso puente de la Constitución. Falso, porque no ha sido tal, dado que el festivo ha caído en lunes y no en martes. Pero es que estábamos tan necesitados de descanso en esta travesía del desierto (del Gobi, imagino, dadas las temperaturas), que todo día feriado nos iba a parecer un acueducto. La borrasca llegó, y hemos vivido tres días de cielos grises, niebla húmeda, y chaparrones abundantes en una atmósfera de temperaturas suaves, lejanas de la escarcha pasada.

Tras semanas sin disfrutar de algo así, he de confesar que me chifla la posibilidad de correr envuelto en ese manto. Si encima tengo la oportunidad de hacerlo en la Casa de Campo, la dicha es doble. Es ahora cuando más bonita se nos viste esta preciosa dama de la urbe madrileña: la humedad, el olor, la combinación de verdes intensos, amarillos en las copas de los árboles, marrones entre rojizos y negruzcos de los troncos de los árboles, hacen que te sientas muy lejos del asfalto, los semáforos y el bullicio cuando no estás más que cuatro pasos de ellos. O cuatro zancadas, por mejor decir. Así que hemos aprovechado para vivir intensamente estos, quizá, últimos coletazos verdaderamente otoñales de la Casa de Campo, antes de que lleguen los fríos de verdad, para hacer un rodaje suave, y otro con un controlado de cinco kilómetros intercalado que me ha servido para dar rienda suelta a las ganas de correr, e ir construyendo una variada base a todo tipo de ritmos en esta pretemporada tardía que ahora mismo estoy viviendo.

5.12.08

El inescrutable placer de gastar dinero

Con el paso del tiempo mi asombro es mayor ante la tendencia que tenemos a derrochar el dinero con una y mil excusas. Esto se puede aplicar a innumerables ámbitos de la vida, y hoy en día es cuestión de actualidad con la omnipresente crisis. Decían anoche los comerciantes en los informativos que habían notado un bajón considerable de ventas porque reconocían tendencias novedosas en los consumidores. Por un lado, los clientes tendrían a comprar sólo lo que resultase necesario. Por otro, está siendo más habitual comparar precios entre establecimientos y elegir aquellos que resultan más baratos. Parece increíble que estas pautas de comportamiento, tan sanas y razonables, sólo se adopten cuando hay que apretarse el cinturón y vemos el futuro económico tambalearse. Es, cuando menos, muy curioso.

Sirva esto como introducción para entrar en harina y largar un poco acerca del mundillo en torno al cual se construye este blog: el del atletismo popular. Parece que si hoy en día hay un ámbito a salvo de las crisis, ése es precisamente este que nos ocupa. Los que me seguís en esta bitácora ya conocéis mis opiniones recientes acerca de la masificación de carreras, de cómo vuelan los dorsales, se multiplican los eventos, y el precio de las inscripciones no para de aumentar. Algo que parece estar en contra de las leyes del mercado, pues a pesar del aumento considerable de la oferta, los precios no bajan... así que sólo queda suponer que la demanda se ha disparado.

Siempre se ha percibido un halo de humildad próxima a la pobreza en el mundo del atletismo. En comparación con otros deportes, nada hay más barato y sencillo que calzarse unas zapatillas, ponerse ropa deportiva y salir a correr. Es más, por las particularidades de esta actividad, ni tan siquiera hace falta ropa muy compleja en los meses de invierno, exceptuando breves períodos de frío extremo. Pues bien, hoy parecemos huir de esta humildad y, de la mano de ese aparente placer que supone gastar dinero, nos rodeamos primero de cachivaches, ropas de todos los tipos, y numerosísimas zapatillas para cada condición posible. A continuación, acudimos a tantas carreras como sea posible, en muchas ocasiones sin pretender competir, sino sólo 'por ir a rodar', cuando esto lo podemos hacer gratuitamente en innumerables lugares y sin ningún tipo de dificultad logística. Y, finalmente, hemos llegado a convertirnos en clientes de saraos muy curiosos. Empezó la cosa con el Start2Run de Nike, algo que parecía nacer como una idea nueva y fresca para potenciar los entrenamientos guiados y en grupo, al calor de la San Silvestre.

Luego han continuado otros experimentos como el Adidas Running Day en el que por un módico precio (que parece más módico gracias al disfraz que le ponen de que el importe de la inscripción se dedicará a fines benéficos... qué asco me da esta moda) pasas un par de horas entre entrenamientos, charlas, pruebas de material y un pincho para redondear el evento.

Y ahora ha llegado la última de las propuestas, procedente de la afamada tienda de material atlético Bikila: el Corremos Contigo. Ofrecen entrenamientos personalizados y en grupo, una serie de descuentos y ventajas como cliente de Bikila, equipaciones exclusivas... todo bajo la tutela del responsable de fondo de la RFEA, Luis Miguel Landa, y de su señora esposa, la ex-atleta china Dong Liu. Como idea, parece muy bien concebida, pero es que los precios son de traca: por un mes, 45 eurazos. Por un año, 300. Y estoy seguro de que tendrá tirón, porque todo funciona movido por ese inescrutable e inexplicable placer al que hago referencia al comienzo de esta entrada. En fin, no quiero dar la sensación de estar en contra de estas iniciativas, pues me parece que se deben al legítimo deseo de ganar dinero por medio de un negocio perfectamente legítimo. Sólo digo que no entiendo que estas cosas lleguen a triunfar, que podamos pagar esa pasta por hacer algo que no tendría por qué costar nada o casi nada.

Ayer mismamente, por poner un ejemplo, disfruté de un entrenamiento en grupo en Arcentales, y lo cierto es que no me salió mal de precio: cero euretes. Me junté con la cuadra del Edward, y me uní a su 10 x 400, todavía con una mezcla de prudencia en los ritmos y de incapacidad para ir mucho más rápido. Así las cosas, completamos un buen rodaje previo y un bloque de cuatrocientos en los que la mitad se hicieron cuesta arriba y con el viento en contra, y la otra mitad en descenso y con el viento en la espalda. Poco a poco vamos entrando en materia.

Este entrenamiento venía después del Canguro del domingo, donde me encontré razonablemente bien, y del rodaje con gimnasio del martes. El miércoles hice un entrenamiento cruzado perpetrando una lamentable actuación en un partidillo de fútbol sala. No me canso corriendo por la pista, pero eso ayuda poco a la hora de controlar el balón, me temo...

28.11.08

Cambios

El título de la entrada está justificado por sí mismo en tanto en cuanto estoy viviendo una etapa de cambios. Desatados por el cambio de domicilio y lo que podríamos designar una reindependización, en tanto en cuanto vuelvo a volar del nido paterno... que ya iba siendo hora, por cierto.

De primeras ha habido un proceso de adaptación a la vida propiamente dicha: más tareas, otras responsabilidades, y más libertades. Al fin y al cabo, la libertad sólo puede serlo entendida desde la responsabilidad, aunque esto sea un tema peliagudo sobre el que hace años tuve más de una y más de diez peliagudas discusiones. Aquella época de monitor de tiempo libre...

En fin, que divago; decía que me he tenido que adecuar a mi nueva vida, y esto es así hasta detalles tan curiosos como los de la ubicación física. No sólo hablo de levantarme por las mañanas por el lado equivocado de la cama. Ni de salir de la habitación hacia el servicio y acabar en la cocina. No. Me refiero a algo tan básico y tan aparentemente absurdo como ser consciente de estar en Madrid, en España. Las dos primeras semanas en mi nuevo hogar me metía en casa y tenía el convencimiento pleno de estar en Hamburgo. Hablaba por teléfono con mis padres y la sensación era la de hablar con un país extranjero. No es extraño, si tenemos en cuenta que mi vida fuera del hogar paterno sólo se había desarrollado por aquellos lares. Pero suena raro, y me ha costado unos cuantos días llegar a situarme.

Luego han venido cuestiones más básicas: nuevos horarios, el transporte al trabajo, las horas de entrenar, o el lugar donde hacerlo. En este sentido, el parque Paraíso merece menos este nombre que mi querida Dehesa de la Villa, pero por el contrario, el ambiente atlético que se respira es inigualable, y a todas horas hay una buena cantidad de corredores entregados al esfuerzo. Con lo que la posibilidad de entrenar en compañía es siempre absolutamente real y cercana. Al mismo tiempo, muy cerquita de casa tengo un polideportivo con un gimnasio bien dotado y en buen estado, así como con sauna. Claro, el primer día que entré en la sauna terminé por desubicarme del todo, pues esto es algo que sólo había hecho hasta ahora en Alemania, con lo que la desorientación me llevaba hasta el límite de sentirme muy extraño hablando español entre aquellas paredes humeantes.

Y decía que toda la entrada justificaba el título ateniéndonos a los cambios que he experimentado en el último mes. Pero si volvemos la vista hacia el entrenamiento, hay más justificación si cabe para el título. Porque ayer, sin previo aviso ni intención, me enganché al entrenamiento común en el parque, e introduje unos cambios de ritmo (fartlek, que diría un sueco) por primera vez en muchísimo tiempo. No forcé mucho, pero sí fue suficiente para hacer un par de comprobaciones. Por un lado, que la pierna parece ir aguantando. Por otro, que mi estado de forma es lamentable. Pero si la primera premisa se cumple, ya nos encargaremos de solucionar la segunda, con paciencia y algo de cabeza.