Tierra y mar, mar y océano
Dos ciudades atemporales. Dos pasados gloriosos. Dos centros de poder que extendieron su abrazo colosal por tierras lejanas, a veces ignotas. Dos formas de talasocracia; el Imperio que se recrea y broncea a orillas de su piscina privada, su mare clausum, el Mare Nostrum. Y una metrópoli de navegantes que buscan los confines de la Tierra más allá del horizonte, al otro lado de los océanos, en costas americanas, africanas, orientales.
Dos viejas señoras tubadas en su diván rocoso, ondulado, surcado por valles y colinas; su piel ajada, de adoquines cuarteados, pero aún adornada con joyas innumerables de brillo todavía duradero: el arte no se puede extinguir. Damas que dejaron atrás la flor de su existencia, pero siguen alimentadas por el torrente continuo, vigoroso, que recorre sus callejas, plazas y paseos, como el flujo sanguíneo que oxigena unos miembros conectados por viejísimas venas y arterias por las a pesar de todo corre la vida a borbotones.
Roma y Lisboa. Mediterránea y atlántica. Diferentes y, sin embargo, hermanas. En el último mes he tenido la fortuna de visitar a estas dos vigías de la Historia. Roma era terreno ya hollado, pero una nueva visita confirma que no hay horas en el día, ni días en la semana, para respirar un aliento tan intenso como el que exhala la Ciudad Eterna. Pero también egoísta. Cada vez que subes al avión de regreso de Roma, tienes la sensación de estar en deuda con ella, de necesitar otra estancia, o muchas más, para de verdad llegar a vivirla y a comprenderla. Con este compromiso salí de allí, y siempre quedará en mi columna del "debe" la necesidad de volver para patear sus calles.

Y unas semanas más tarde, Lisboa. Repito: tan diferente por historia, carácter, morfología... pero hermana. También aquí late la Historia. También aquí se cobra la ciudad un extenuante tributo a base de cuestas, costarrones, subidas, bajadas, adoquines, escalones... a quien desea empaparse de su alma caminando por tantos rincones, a veces abiertos, a veces ocultos, a veces sólo reservados. Pero coronando una colina, alcanzando la valla de un mirador, nos espera la recompensa en forma de un nuevo punto de vista. Un nuevo ángulo que nos regala una imagen siempre bañada en esa luz, esa Luz, inimitable de Lisboa. Pasada la hora de la sobremesa, cuando el Sol poco a poco se acerca al horizonte, el Atlántico, las callejas, las fachadas de múltiples colores, y el aire que seguramente tendrá un nosequé especial, se aúnan para crear una atmósfera que ni pinceles, ni cámaras, ni por supuesto palabras, son capaces de atrapar.
Habrá que volver una vez más.


Dos viejas señoras tubadas en su diván rocoso, ondulado, surcado por valles y colinas; su piel ajada, de adoquines cuarteados, pero aún adornada con joyas innumerables de brillo todavía duradero: el arte no se puede extinguir. Damas que dejaron atrás la flor de su existencia, pero siguen alimentadas por el torrente continuo, vigoroso, que recorre sus callejas, plazas y paseos, como el flujo sanguíneo que oxigena unos miembros conectados por viejísimas venas y arterias por las a pesar de todo corre la vida a borbotones.
Roma y Lisboa. Mediterránea y atlántica. Diferentes y, sin embargo, hermanas. En el último mes he tenido la fortuna de visitar a estas dos vigías de la Historia. Roma era terreno ya hollado, pero una nueva visita confirma que no hay horas en el día, ni días en la semana, para respirar un aliento tan intenso como el que exhala la Ciudad Eterna. Pero también egoísta. Cada vez que subes al avión de regreso de Roma, tienes la sensación de estar en deuda con ella, de necesitar otra estancia, o muchas más, para de verdad llegar a vivirla y a comprenderla. Con este compromiso salí de allí, y siempre quedará en mi columna del "debe" la necesidad de volver para patear sus calles.
Y unas semanas más tarde, Lisboa. Repito: tan diferente por historia, carácter, morfología... pero hermana. También aquí late la Historia. También aquí se cobra la ciudad un extenuante tributo a base de cuestas, costarrones, subidas, bajadas, adoquines, escalones... a quien desea empaparse de su alma caminando por tantos rincones, a veces abiertos, a veces ocultos, a veces sólo reservados. Pero coronando una colina, alcanzando la valla de un mirador, nos espera la recompensa en forma de un nuevo punto de vista. Un nuevo ángulo que nos regala una imagen siempre bañada en esa luz, esa Luz, inimitable de Lisboa. Pasada la hora de la sobremesa, cuando el Sol poco a poco se acerca al horizonte, el Atlántico, las callejas, las fachadas de múltiples colores, y el aire que seguramente tendrá un nosequé especial, se aúnan para crear una atmósfera que ni pinceles, ni cámaras, ni por supuesto palabras, son capaces de atrapar.
Habrá que volver una vez más.
