29.3.09

Tierra y mar, mar y océano

Dos ciudades atemporales. Dos pasados gloriosos. Dos centros de poder que extendieron su abrazo colosal por tierras lejanas, a veces ignotas. Dos formas de talasocracia; el Imperio que se recrea y broncea a orillas de su piscina privada, su mare clausum, el Mare Nostrum. Y una metrópoli de navegantes que buscan los confines de la Tierra más allá del horizonte, al otro lado de los océanos, en costas americanas, africanas, orientales.
Dos viejas señoras tubadas en su diván rocoso, ondulado, surcado por valles y colinas; su piel ajada, de adoquines cuarteados, pero aún adornada con joyas innumerables de brillo todavía duradero: el arte no se puede extinguir. Damas que dejaron atrás la flor de su existencia, pero siguen alimentadas por el torrente continuo, vigoroso, que recorre sus callejas, plazas y paseos, como el flujo sanguíneo que oxigena unos miembros conectados por viejísimas venas y arterias por las a pesar de todo corre la vida a borbotones.
Roma y Lisboa. Mediterránea y atlántica. Diferentes y, sin embargo, hermanas. En el último mes he tenido la fortuna de visitar a estas dos vigías de la Historia. Roma era terreno ya hollado, pero una nueva visita confirma que no hay horas en el día, ni días en la semana, para respirar un aliento tan intenso como el que exhala la Ciudad Eterna. Pero también egoísta. Cada vez que subes al avión de regreso de Roma, tienes la sensación de estar en deuda con ella, de necesitar otra estancia, o muchas más, para de verdad llegar a vivirla y a comprenderla. Con este compromiso salí de allí, y siempre quedará en mi columna del "debe" la necesidad de volver para patear sus calles.

Y unas semanas más tarde, Lisboa. Repito: tan diferente por historia, carácter, morfología... pero hermana. También aquí late la Historia. También aquí se cobra la ciudad un extenuante tributo a base de cuestas, costarrones, subidas, bajadas, adoquines, escalones... a quien desea empaparse de su alma caminando por tantos rincones, a veces abiertos, a veces ocultos, a veces sólo reservados. Pero coronando una colina, alcanzando la valla de un mirador, nos espera la recompensa en forma de un nuevo punto de vista. Un nuevo ángulo que nos regala una imagen siempre bañada en esa luz, esa Luz, inimitable de Lisboa. Pasada la hora de la sobremesa, cuando el Sol poco a poco se acerca al horizonte, el Atlántico, las callejas, las fachadas de múltiples colores, y el aire que seguramente tendrá un nosequé especial, se aúnan para crear una atmósfera que ni pinceles, ni cámaras, ni por supuesto palabras, son capaces de atrapar.
Habrá que volver una vez más.


24.3.09

Descargado

Hace ya más de dos meses que bajé a por el pan. Pasó a estar revenido, luego duro, finalmente lo rallé y guardé, y hoy me he acordado de él, con lo que voy a escribir una entrada rebozada, de esas que valen para un roto y un descosido, para segundo plato o cena improvisada. O sea, que voy a contar un poco de todo, me parece.
La interrupción llegó cuando, a finales del mes de Enero, tocó centrar esfuerzos en la preparación del examen de la Uned y, simultáneamente, me vi inmerso en un apretón de trabajo que me obligó a olvidar este rincón que tantas veces he prometido no desatender. Y en los últimos meses había tratado de dejar un poco de lado la mera y fría descripción de entrenamientos para darle un aire diferente a la bitácora. ¿Resultado? Que para seguir en esa línea me veía obligado a dedicarle más tiempo, y no encontraba el momento de actualizar estas andanzas.
Pero, recurriendo al muy manido dicho, todo lo que sube baja, y llegó el momento de la descarga. Han sido dos meses de entrenamiento abundante y fructuoso, de piernas paulatinamente más cansadas por la carga de trabajo asociada, y convenientemente descargadas (¡aleluya!) por una visita al fisio sin que mediase lesión. Hay veces que la razón se impone y me lleva a hacer cosas con la cabeza... aunque sea muy de vez en cuando.
Llegó también la descarga universitaria: el examen pasó, y yo pasé el examen. Queda el regusto de satisfacción y las ganas reforzadas de seguir usando (no perdiendo) unas horas cada semana frente a los libros. Y como regalo, un poco más de tiempo cada día, alejado de la vorágine que siempre acompaña a las semanas previas al examen; por mucho que creas llegar bien preparado, siempre hay una horita más que dedicar a los libros y apuntes. Pues bien, eso se ha terminado por lo menos en los dos próximos meses.
Pasó un viaje delicioso a Roma, donde liberé tantas ganas acumuladas a lo largo de los años de regresar a la ciudad eterna. Eterna de verdad, por historia, por rincones interesantes, por su alma de ciudad vieja, joven, atemporal... eso, eterna. También en este caso me traje un regalo en el esportón: un dolor infinito de piernas forjado a base de entrenamientos y pateos desaforados por adoquines, cuestas, vías romanas, catacumbas y escalones variados... y de nuevo la descarga llegó. En este caso con una reducción en los entrenamientos que me permitió ir degustando velocidades olvidadas, ritmos que me parecían perdidos, y sensaciones de ligereza que aparentemente me estaban vetadas desde meses atrás.
Y como en esas historias de tramas paralelas en las que todo termina convergiendo hacia el final, Lisboa estaba al otro extremo del túnel, centrando atención e ilusiones a partes iguales.
De nuevo una ciudad llena de luz, de vida, de arte y rincones. De nuevo una cita con la historia y el arte. De nuevo una capital que vivió tiempos mejores y se resiste a dejar de lado su grandeza, aunque quede un poco empañada por el paso del tiempo. Y de nuevo una macedonia de cuestas, adoquines y paseos que parecían contrariar toda posibilidad de descarga previa a la media que correría allí.
Sin embargo, todo salió bien. Y el domingo por la mañana me reencontré con las buenas sensaciones en el medio maratón, más de dos años después. Lejos del rendimiento de Granollers, pero casi igual de satisfecho, por fin pude descargar mis inquietudes y ver que soy capaz de competir en esa distancia por debajo de los 3:40 de media. Así las cosas, cuando enfilé la recta de llegada era poco más que un espectro, cansado, agotado, completamente exhausto por el esfuerzo, pero aún impulsado por un rendimiento decente para mi nivel, por la necesidad compulsiva de demostrarme a mi mismo que estoy en el buen camino.
Ojalá sea así, y lo confirme en los meses por venir.

18.1.09

Bajar a por el pan

Mañana de sábado. El sol no termina de arrancarse, y el frío sigue apoderándose del Madrid invernal. Nubes bajas, niebla en algunos barrios, humedad y temperaturas bajas para que la sensación sea casi gélida.
Podrías bajar a por el pan con el primer chándal que encuentres colgado, doblado, o tirado en la silla de la habitación, pero ya que estamos en fin de semana, no es plan de salir así de desaliñado. Así que abres el armario y buscas no las mejores galas, pero al menos algo un poquito resultón.
Bien aderezada la vestimenta, no has hecho sino franquear la puerta del ascensor y te encuentras con el vecino. Qué mañana más fría. Es verdad, parece que el sol está tímido. Pero bueno, saldremos a la calle, que un ratito al fresco no viene mal. La familia, ¿qué tal? Bien, gracias, luego iremos a visitarlos. Pasad buen fin de semana. Igualmente.
En la calle, decenas de rostros conocidos te saludan, lo que te indica que hoy no has madrugado precisamente, y que has salido a la calle cuando el día ha florecido... si no fuese por esas nubes persistentes, claro. En el quiosco, comprando el periódico, te encuentras con aquel antiguo compañero al que hacía al menos un año que no veías. Qué coincidencia. Parece que hoy se ha puesto de acuerdo el barrio para salir a la calle a comprar el pan, a coger el periódico, a pasear al perro, al mismo tiempo.
Alguno, como el hijo de la panadera, ya vuelve montado en la bici de su salida sabatina, con el rostro cansado pero satisfecho. Restos de sudor que se encajan por las arrugas de un rostro curtido por cientos de horas de sol veraniego, el mismo que ahora sus piernas protegidas por mallas, su cuerpo cubierto por una chaqueta cortavientos, echan de menos con añoranza. Al verle, recuerdas que tú tienes los deberes por hacer. Es una mezcla de envidia, porque él ya ha cumplido con la tarea, y de felicidad al saber que aún te aguarda el disfrute a la vuelta de la esquina. Aunque esas nubes te inviten a coger la barra que te están despachando, y meterte en la casa a leer el periódico al calor de un café caliente, con la banda sonora de un buen disco sonando en el equipo de música.

Ayer la Casa de Campo era como el barrio. Entrenar por sus caminos, como salir a comprar el pan. Decenas de conocidos haciendo sus tareas. Algunos sobre dos ruedas, otros caminando, algunos aferrados a las máquinas de un gimnasio, y un buen montón de ellos zancada a zancada cumpliendo con los entrenamientos -programados o no- en su temporada atlética. Antes de arrancar, en el polideportivo Cagigal, ya anduvimos de charla con algunos de ellos. En el bosque, durante el entrenamiento, nos espolearon los ánimos de más compañeros. Al terminar el fartlek, cuatro incondicionales de esas sendas compartían impresiones con nostros. Y al terminar junto a la pasarela, más conversación distendida, ahora sí con la satisfacción de haber cumplido con las tareas previstas.

Y, en ese momento, fuimos a estirar evitando las sombras, porque al final el sol se decidió a salir.

13.1.09

Crunch, crunch, crunch

Día de vacaciones. Me levanto en un día amanecido hace ya más de una hora. Abro la ventana sin descorrer la cortina de la habitación, y marcho a la cocina a poner la cafetera en el fuego. Mecánicamente había encendido la radio, y su conversación pasa casi imperceptible de un oído a otro, como si fuese más un ruido de fondo que otra cosa. Mientras colmo el filtro del café, palabras sueltas se empeñan en quedarse pululando por aire, salidas de los altavoces de mi aparatillo de FM: Madrid, centro, nieve...
Con la energía de un niño pequeño, con ese miedo sordo a que no sea cierto lo que sospechas o deseas, abro la terraza y saludo con una sonrisa que no me cabe entre los carrillos a un montón de copos que revolotean frente a las ventanas. Miro hacia abajo y veo que poco a poco la nieve cuaja. Hace frío, así que estiro la mañana en casa consultando el ordenador, estudiando, escuchando música o siguiendo las noticias del caos que la nieve provoca en Madrid. Pero no puedo haber elegido mejor día para tomármelo libre. Recién pasado el mediodía, me calzo las zapatillas, me visto la ropa de faena y me dispongo a trotar en la nieve, algo que no había disfrutado más que una vez en mi vida.
Un tramo urbano, entre calles, asfalto y edificios, todos ellos disfrazados de blanco, casi ocultos a la vista por la exuberancia insultante de la nieve. Poco a poco salgo de las callejuelas del barrio y me adentro en el Parque Paraíso, que hoy merece más que nunca ese nombre. Cuesta encontrar los caminos, lo que me hace ver la torpeza que me es connatural, lo fácil que me pierdo en cuanto me quitan un par de referencias. Aun así, voy encontrando las sendas y ruedo, ruedo, ruedo. Crunch, crunch, suena la nieve virgen bajo cada pisada. Un mal paso, un agujero escondido, un amago de caída, y vuelta al camino. Crunch, crunch, crunch. No existen más sonidos. La nieve es como ese material que amortigua los ruidos y se come los ecos. Crunch, crunch, crunch. Hay poca gente en la calle, pero todos sonríen, juegan, corretean y se lanzan bolas de nieve con la mitad de años que aparentan. Crunch, crunch, crunch. Apenas se dejan oír los coches, detenidos, asustados, atascados, borrados por la blancura insultante que viste el parque. Crunch, crunch, crunch. Subo por las cuestas, que hoy se agarran más que nunca, me cruzo con quienes esperan pacientemente al autobús, perdidos y desorientados entre tanto hielo. Y la nieve no deja de caer, de formar una nueva capa sobre el suelo, que espera ser hollada y responder crunch, crunch, crunch. Se suben copos en marcha, que decoran la camiseta, las mallas, e imagino que la gorra. Desde esta atalaya reposan y miran en derredor, admirando su obra, el lienzo casi monocromo que revienta de hermosura a nuestros ojos. Me alejo del parque, el crunch deja paso al chof, nieve derretida por los viandantes y la sal. Termino de rodar fatigado por las especiales condiciones de tracción en la nieve, pero satisfecho, feliz, infantil.

Me levanto, miro por la ventana, y sigo viendo coches, calles, aceras y tejados nevados. Otro regalo para el final de las vacaciones. Cambiaremos el escenario: tomo el metro y voy a la Casa de Campo, donde me abrigo bien y comienzo a subir hacia el bosque por el camino del Santo. ¿Cuántas veces hemos ponderado lo bonita que esta subida en casi cualquier época del año? ¡Qué poco sabíamos! ¡Qué poco imaginábamos hasta dónde puede alcanzar la belleza de este tramo! Los pasos se alejan metro a metro del carácter casi urbanita del Lago y los chiringuitos. Pisamos algo de asfalto, ya caminos, pronto restos de hielo, y finalmente nieve, nieve virgen, nieve en que se entierran los pies y que se traga, de nuevo, todos los sonidos. Me envuelve el silencio absoluto, casi contemplativo. Se encaja la senda entre los árboles y sólo de cuando en cuando veo una bici, otro corredor, o una familia jugando con la nieve. Pero de continuo voy encerrado en mi mismo, escuchando el diálogo entre las suelas y la nieve. Crunch, crunch, crunch. Entre la espesura de los árboles, hay calvas verdes bajo sus copas, de un verdor casi excesivo entre la monocromía reinante. Me aproximo al arroyo, crunch, crunch, crunch. Poco a poco el crunch se mezcla, e incluso queda cubierto, por el fluir del agua del deshielo. Continúo, el cielo se aclara, y de repente, mientras sigo pisando nieve casi inmaculada, crunch, crunch, crunch, el sol se aventura entre los árboles, lanza sus rayos como si de cañones en un escenario se tratase, e ilumina puntos de nieve en el suelo. Ésta parece enorgullecerse primero, ruborizarse después. Yo dejo que me toque el sol la cara, tomo el camino de vuelta y bajo, crunch, crunch, crunch, para terminar un arranque ideal para el fin de semana.

31.12.08

Nervios

¿Qué tiene esta carrera? ¿Qué hace que ni tan siquiera este año, que no puedo plantearme hacer un buen crono, me libro de los nervios? Haciendo uso de una expresión manida donde las haya, soy un manojo de los mismos, o sea de nervios. Ya esta noche la he pasado en un duermevela continuo desde eso de las siete. Vigilia mezclada con largas cabezadas que venían aderezadas por extraños sueños.
Lo más raro ha sido verme en Zaragoza en medio de un diluvio a punto de empezar a correr un maratón. Esto parece una mezcolanza de bestias negras y malos pensamientos que se concentran en la cabeza como fruto de esa situación de nervios de la que hablo. Por un lado, me he ubicado en Zaragoza, donde viví mi peor momento como lesionado. Por otro, nos ha acompañado una lluvia a la que estamos temiendo desde hace unos días, y que nos hace mirar el pronóstico meteorológico hora sí, hora también. Por último, la agonía del diezmil se ha transformado por unos instantes en el largo desgaste del maratón, como esa meta lejana que se presenta al final del año que estamos a punto de comenzar.

Me he despertado y todo ha vuelto a su sitio, como suele ser habitual en estas ocasiones. Pero no se me ha quitado de encima la sensación de desasosiego e intranquilidad. No lo ha logrado el paseo matutino por el barrio. No lo ha logrado el plato de lentejas que fruto de la tradición en el Año Viejo he tomado para comer. Tampoco la infusión que pretendía preceder una siesta inexistente. Así que nada mejor que prepararme para saludar a los que van a correr la popular y, de ese modo, tratar de salir un poco de dentro de mi, que es donde siempre me recluyo en los mediodías y las tardes de San Silvestre desde que me dedico a despedir el año corriendo.

En cualquier caso, es el mejor momento para celebrar que tal día como hoy, hace cinco años, corrí mi primera carrera popular. Fue en la SSV Popular de 2003, que terminé en un tiempo de 44:15, aproximadamente. Aún recuerdo que al día siguiente salí a trotar y me preguntaba: "¿Cuánto tiempo me durará la tontería ésta de correr?" Pues nada, en el 2004 conseguí hacerme con un puesto en la Internacional, donde volví a bajar de 38' por los pelos. En el 2005 anduve por los 36:30 que había hecho en Canillejas y Aranjuez. Ya en 2006 hice mi mejor tiempo en la SSV, en este caso un 34:45. Y el año pasado, 34:58 por mi crono.

Esta vez volveremos a ver un 36 o 37 en el crono, con toda seguridad. Pero lo importante es, un año más, poder estar allí, salir sin lesiones, y haber sentido estos maravillosos nervios durante todo el día.

18.12.08

Rojo

Ayer fue un día rojo. Rojo por la mañana camino de la reunión que me tuvo ocupado en Tres Cantos. Circulaba por la M-607 en torno a las 8:30. En ese momento el sol empezaba a asomar la gaita por la tronera del este, más bien sureste en estas proximidades del solsticio, y antes incluso de dejarse ver desparramaba su luz hacia las montañas que cierran Madrid por el noroeste. Allí, fruto de las nieves del fin de semana, un lienzo blanco parecía querer ser una enorme pantalla que reflejase el cañón lumínico del astro rey. Fruto de este encuentro, un tono rojizo cubría el horizonte ondulado y nos regalaba una imagen que invitaba a soltar la moto y sentarse en el suelo a disfrutar del espectáculo. ¡Qué cosa más bonita, disfrutar del amanecer rebotando en las laderas nevadas de la sierra! Me imagino ahora a los habitantes de la caverna de Platón, que no veían la Verdad al disfrutar sólo de las sombras proyectadas en las paredes de la cueva, en lugar de mirar directamente a la fuente de luz. Pero ayer me satisfizo ser un ignorante y no mirar al sol de cara, sino dejarme llevar por su ¿engañoso? reflejo en las paredes de mi caverna. Qué placer, a veces, renunciar a la luz.

Rojo por la tarde - noche. El rojo de miles y miles de pilotos traseros de coches inundando las carreteras de Madrid y alrededores. Salimos a las seis de Tres Cantos, y ya entonces aquello era una procesión interminable de luminarias que se extendían entre Tres Cantos y la M-40. Luces rojas tenues, intensas, ámbar intermitente, rojo fugaz por una frenada inesperada, y yo tratando de avanzar entre la marea, siempre atento a un cambio de carril inesperado que pueda llevarme al suelo. Y veo eso y se me hace impensable que tanta gente renuncie a usar el transporte público o a usar medios alternativos (léase la moto, léase compartir coche) con tal de evitarse perder tres horas todos los días y, lo que es más importante, con tal de ahorrarse el cabreo monumental con que deben de saludar en la empresa a sus compañeros, y que se deben de llevar como regalo vespertino a sus hogares. Por más que le doy vueltas soy incapaz de encontrarle una explicación. ¿Es eso vida? Me decía hoy Sergio, con razón, que eso es suficiente argumento para cambiar de casa o de trabajo, si lo del medio de transporte no tiene solución. Tampoco viene mal de vez en cuando meterse en estos ríos de lava roja destellante para así darme cuenta de la suerte que tengo de tardar 25 minutos en llegar al trabajo y, encima, sin coste.

Rojo para terminar el día en Vicálvaro: el rojo anaranjado del tartán que echaba de menos y que ya llevo probando dos semanas consecutivas. Aún en proceso de regreso a los entrenamientos, estoy adaptándome poco a poco a lo que me parece razonable y creo que me puede venir bien. Ayer Alberto y Mario tenían un 3000 - 2000 - 1000 a ritmos que aún no puedo manejar, mientras que Luis iba a afrontar un 3 x 1000 al que me podía unir sin problemas. Así, combinando tramos con unos y otro, hice cinco miles sin mucha recuperación, siendo ésta siempre al trote, a ritmos nada estratosféricos pero que me dejan contento porque además tuve buenas sensaciones. Unas cuantas vueltas a la pista y mucha conversación distendida con los compañeros de entrenamiento para terminar un día largo, variado y al mismo tiempo satisfactorio.

14.12.08

Fin de semana de cross

Parece que se han confabulado los hados para brindarnos un fin de
semana de campo a través por todo lo alto. Además, han sido generosos y
no se han limitado a actuar en casa, sino que lo han hecho también,
como correspondía, a unos 2000 km de distancia de Madrid, en Bruselas.


Allí se celebraba la cita anual del campo a través con el Campeonato de
Europa
en sus diferentes categorías. En esta ocasión, y de momento,
hemos podido seguirlo por TVE, algo que de entrada no teníamos
demasiado claro. Ya hace tiempo que el presupuesto y la atención que
destina la televisión pública al atletismo en general, y al cross en
particular, vienen decayendo. Así, cada vez es más complicado seguir
pruebas emblemáticas del calendario nacional; los narradores no
encuentran comentaristas adecuados para apoyar las retransmisiones; y
el tiempo dedicado a éstas es casi siempre limitado, rozando a veces lo
deficiente al cortar las carreras en el momento en que el tercer o
cuarto corredor ya ha llegado a la meta. Pero es lo que toca, es la
combinación de dos factores: por una parte, creo que la afición al
atletismo no está extendida entre los televidentes, y nos toca aceptar
que la programación se centre en otros deportes con más tirón. Por otro
lado, tengo la impresión de que la labor del equipo técnico tiene mucho
que mejorar, y su poca capacidad para transmitir emoción, para mejorar
las retransmisiones y enganchar a más aficionados, realimenta el
primero de los factores de los que hablo.

Sea como sea, vamos al grano, que me voy liando. Por las circunstancias
que aclararé unas líneas más abajo, sólo he seguido las carreras de las
categorías senior, donde tanto las chicas como los chicos de España han
tenido papeles destacados.

Con el archiconocido Atomium como telón de fondo, Rosa Morató no ha
podido renovar el podio alcanzado en la edición de Toro en 2007. Sin
embargo, creo que debemos valorar de manera muy positiva su rendimiento
en una carrera en la que en gran parte del recorrido se ha encontrado
sola y luchando entre dos aguas. Así las cosas, ha logrado la quinta
plaza por detrás de la holandesa Hilda Kibet, el dúo portugués de
Jessica Augusto e Ines Monteiro -admirable el mimo con que se trata en
Portugal a la preciosa especialidad del campo a través-, y la irlandesa
Mary Cullen. No han ido tan bien las cosas en la clasificación
colectiva, en la que España ha quedado en séptimo lugar.

En el apartado masculino, podemos decir que se ha cumplido una
tradición que va camino de hacerse con el manido calificativo de
ancestral. De nuevo, el ucraniano Lebid se ha hecho con el triunfo en
una preciosa carrera en la que ha batallado codo con codo con Mo Farah,
medalla de plata, Mustafa Mohamed, bronce, y Alemayehu Bezabeh, el
etíope recientemente nacionalizado español, quien ha luchado hasta la
última vuelta con el grupo de cabeza, pero que al final ha sufrido un
pinchazo importante, acabando en séptimo lugar. Sin embargo, los
resultados del resto de seleccionados han servido para que España
volviese a hacerse con el oro por selecciones: Ayad Lamdassem (4º),
Sergio Sánchez (13º) y Javi Guerra (15º) también han puntuado,
alzándose con el triunfo frente a la oposición de Francia y Gran
Bretaña - Irlanda del Norte.


Pero, como digo, también en Madrid hemos tenido un fin de semana de
marcado carácter atlético y crossístico. Vamos a hablar del 'correl',
que luego me echan la bronca. Desde el viernes hemos tenido un bajón de
temperaturas y una borrasca amenazando nieve sobre la capital, que en
el caso del extrarradio se ha materializado en una imponente nevada en
el transcurso del cross universitario de la UAM. No participé, pero me
aseguran que a poco de comenzar el evento se desató la ira metorológica
y empezó a cubrirse todo de blanco, con lo que imagino que las escenas
debieron de ser realmente atractivas y cercanas a lo épico. Yo, sin
embargo, me decanté por algo mucho más prosaico, e hice un rodaje de
una hora por Arcentales al que adjunté una sesión de gimnasio siguiendo
los consejos de Vicente. Resultado: las piernas picaban de lo lindo y
hoy me he levantado con la sensación de tener un par de sacos de
legumbre en cada pata.


Y hoy he cumplido con un objetivo que siempre se me ha escapado:
correr el cross de la Dehesa de la Villa que organiza la A.D.C. de los
Poetas
. La coincidencia con Aranjuez solía ser la razón para no poder
participar en este evento, y la verdad es que hay que reconocer que es
una lástima no haber podido debutar antes. Un día magnífico, soleado,
pero frío y ventoso, ha sido el cuadro en que se ha enmarcado una
carrera marcada por los constantes cambios de pendiente, dirección, y
por los restos de nieve que quedaban en el suelo tras la noche pasada.
No había demasiado barro, pero aun así he optado por usar los clavos, y
creo que han venido bien. Mi idea era salir con tiento, pero el poco
tiempo de entrenamiento llevo encima se traduce en que la primera de
las tres vueltas de 2 km que habíamos de recorrer se ha hecho muy
llevadera, y me hacía pensar que podría mantener el ritmo e incluso
incrementarlo. Sin embargo, no ha sido así, con el transcurso de la
carrera he acusado la falta de volumen por ahora, y tenido que ceder un
poco. Al final, un muy buen entrenamiento en un entorno inmejorable, en
una carrera que creo que debería frecuentar más.


Ah. Y todo, gratis, y con una organización excelente. Supongo que
unos kilómetros de allí, en la Casa de Campo, 2500 atletas se estarían
pegando por conseguir un buen lugar en la salida del Trofeo Akiles.